En aquella madrugada del 4 de Febrero, un ratón se coló por alguna rendija y entró a la casa, a destrozar lo que hubiese en el suelo. Mi hermana se despertó apurada, y cogió lo primero que vio para al menos, espantarlo. En algo que podía calificarse de sobrenatural, el ratoncito se detuvo, se yergue en la puerta y se despide, como si dijera "hasta siempre, no volveré a verlos".
===========
Meses antes, mi abuelo Francisco estaba recluido en el Hospital de Engativá, aquejado de sus problemas cardiorrespiratorios. Cuando fui a visitarlo, se despidió de mí y de Don Norman, sentía que poco a poco su existencia finalizaba y los médicos le dijeron que su marcapasos no le sería útil. Lo dieron de alta, porque alcanzo a mejorarse, pero ya dependería de un equipo de respiración asistida por lo que le quedaba de vida. ¿Cuánto tiempo? Nunca lo supimos, pudo ser en Navidad, en la Nochevieja, mucho tiempo después, pero esas dos noches alcanzó a vivirlas.
Conté en otro texto, que el 31 de Diciembre del 2015 mi abuela Elvira enfermó gravemente y en la madrugada del Año Nuevo, fallecía. Fue un golpe durísimo para todos, pero aún más para él. Concienzudamente, creíamos que nuestro abuelo dejaría este mundo primero. Recuerdo mucho que fui a visitarlo a la semana o a la semana y media del funeral y al despedirme de él, solo noté en su mirada que quería partir y hacerle compañía allá arriba.
Viajé a Medellín y a Manizales con parte de mis pensamientos en su salud, me preocupé mucho y en cierta forma, el volver apresurado a casa fue una señal. Pocos días después, mi abuelo no soportó más y enfermó en la vieja casona de San Antonio, haciendo necesaria su reclusión en el Hospital Pedro León Álvarez de La Mesa.
===========
Eran las cinco de la mañana pasadas en esa fría mañana en Anapoima. El ratón seguía parado y mi hermana lo miró con extrañeza. Supo la noche anterior que nuestro abuelo estaba hospitalizado y pensaba viajar hasta La Mesa a visitarlo. Pero no pudo. El ratón termina su ademán, parecido al de una despedida, y huyó raudo. Don Norman llamó a casa llorando. La mala noticia me despertó. Nuestro abuelo Francisco había fallecido.
En todo ese tiempo se despidió de todos, hasta de Óscar, quien fue una de las últimas personas con las que se pudo comunicar por teléfono. De ahí para allá, no musitó una sola palabra. Solo quería irse y acompañar en la eternidad a la que fue su pareja por más de sesenta años. Al otro día, lo despedimos en un sentido funeral, acompañados por la lluvia y buena parte de nuestros paisanos de San Antonio.
Así, con aquella señal que dejó el ratón para mi hermana, partía el patriarca, aquella persona que con su sabiduría campesina le enseñó a sus hijos el valor del trabajo. Quizá Don Norman haya sido el que mejor haya adoptado su ejemplo. Quizá algunos de sus otros hijos -mis tíos- no lo hayan seguido correctamente. Al menos, lo hizo a conciencia. Y esa enseñanza, indirectamente, llegó para mí y trato de seguirla de la mejor manera.
Hoy, un año después de su funeral, lo recuerdo. He cumplido la promesa que hice por sus almas, tanto la de él como la de ella. Le pido siempre a nuestro Señor que los cuide y que nos ilumine desde allá arriba. Todos los viernes, los recuerdo. Don Norman poco a poco supera el dolor de su partida. San Antonio ya no es lo mismo sin ellos. En fin, ese es el ciclo de la vida y este sigue su curso.
Sábado. La tierra llama y era hora de cerrar esta etapa. Increíblemente, mi reloj biológico me traiciona y no pude despertarme a la hora que tenía planeada, además, me preocupé por no tener ropa limpia lista, lo que afortunadamente solo quedó en susto. Entrego mi cuarto y arranco para el Terminal, pasadas las siete, con el fin de buscar un móvil que me transportase hacia San Sebastián de Mariquita, ya en el Tolima.
Perdí la opción de viajar en Empresa Arauca, quería probar un nuevo servicio de camionetas que cubrirían las rutas hacia el Magdalena Caldense, así que debía buscar otras opciones sobre las siete de la mañana, apareciendo una camioneta Hyundai de la Gran Transportadora Río Tax, que tendría como destino La Dorada. No quedaban sillas en el costado izquierdo ni adelante, y la única disponible, era atrás, hacia el costado derecho, la cual no es de mi completa preferencia, pero existiendo la premura como existió, no hubo más forma, a las siete y cuarto partí de Manizales.
No puse demasiada atención al recorrido, escasamente disfruté el paisaje montañoso que marca la salida de Manizales hacia el oriente, donde se bordea el Parque Nacional de Los Nevados y el ingreso al Departamento del Tolima. Paramos en un sitio llamado Mesones, donde abundan unos paradores de precios poco asequibles para la mayoría de los bolsillos, apenas pude comer algo durante la parada, que duró unos veinte minutos. De ahí para allá, el descenso es bastante peligroso, cruzando por sitios como Padua, Petaqueros -donde se desvía hacia poblados como Pensilvania o Manzanares- o el mismo Fresno, ciudad tolimense ajena a las costumbres propias del resto del departamento y más afín a las del resto del Eje Cafetero.
Seguimos el descenso y solo faltaban unas cuantas curvas peligrosísimas para llegar a la primera escala técnica del recorrido. A Mariquita llegué pasadas las diez y cuarto y la idea aquí era esperar un móvil de una empresa que no fuese Rápido Tolima para llegar hasta Ibagué. Ahí quiero hacer una acotación, el personal de esa empresa me abordó una primera vez para ofrecerme sus servicios, a lo que me negué educadamente, y esperé con mucha paciencia el móvil de Flota La Macarena que vendría desde Honda, el cual ya había cruzado antes de que llegar allá; minutos después, volvieron a abordarme los de Rápido Tolima, pero como ya había contestado que no anteriormente, contesté negativamente con vehemencia, a lo cual respondieron con actitud muy negativa, y aún más convencido terminé de no viajar con ellos, contando aparte la mala fama que tienen.
Al instante, apareció una imagen milagrosa ante mí. Un móvil de Cootranstol que viajaría hasta Girardot paró. Confirmé su destino final y al preguntar cuánto costaba, respondí que cómo iban a cobrar más que la suma del viaje hasta Ibagué y de ahí hasta Girardot, dejando claro que solo le pagaría ese valor, diecinueve mil pesos. La tripulación, sin argumentos para refutar, accede y abordo de una buena vez para partir inmediatamente. Había llovido en esa región y no se imaginan el calor tan sofocante que empezaba a notarse en cada parte del recorrido.
Lo único criticable de la ruta es que el móvil entró a cada poblado que cruzaba, pasó por Guayabal, por Lérida e ingresó a los parques de Venadillo y de Alvarado. En Venadillo se demoró unos diez minutos parado. No recogió demasiados pasajeros, ni siquiera para Ibagué. A Ibagué llegó sobre la una y viendo que solo me tenía como pasajero para llegar a Girardot, me transborda a otro móvil que estaba listo para partir, con mayor ocupación. De ahí parto faltando sobre la una y cuarenta y cinco, recorriendo el antiguo trayecto -ingresando a Chicoral- y con alguna noción de tiempo perdida, llego al Espinal donde intentaron transbordarme a otro móvil, ¡lo cual lograron! Así, llegué a Girardot, pasadas las tres.
Por la demora en la salida, seguramente no alcanzaría a tomar el móvil de Flota Águila que saldría hacia Bogotá, y efectivamente sucedió. Aproveché para hacer alguna compra en el Éxito que queda al otro lado de la Carrera 12 y volví para adquirir el tiquete, pero en otro móvil de Flota Águila que tendría salida sobre las cuatro de la tarde, un Non Plus Ultra sobre Chevrolet NPR Reward que entre semana cubre las rutas desde el Portal de la 80 hasta El Rosal y Subachoque. Salimos y como es costumbre, cada uno de los cincuenta y tres kilómetros que separan Girardot de Anapoima hacen de los recuerdos, todo.
Pasadas las cinco, la última curva montañosa que marca la entrada de Anapoima por el sur, me llenó de alegría. Mi casa, la que había dejado seis noches atrás, de nuevo me recibe. Cansado y con muchas ganas de dormir, recorro los últimos metros que faltaban para llegar a casa. En la estación de servicio desciendo y con la satisfacción de haber disfrutado el viaje más largo de mi vida, llego a casa, donde la rutina volvería poco a poco.
¿Volvería a Medellín? Quizá. En unos cuantos meses, otra buena noticia proveniente de allá vendría. Solo Dios supo qué pasaría. En fin, a todos aquellos que me acompañaron en cada escala del viaje, mis agradecimientos sinceros y muchas bendiciones para sus vidas; ojalá pueda volverlos a ver.
Después de haber descansado un poco del trajín –y de la resaca del día anterior en Medellín-, y pasar una maravillosa noche en Manizales, al siguiente día planeé visitar una importante población cerca a la capital caldense, supremamente reconocida por su producción cafetera. Me refiero a Chinchiná.
Sobre las nueve de la mañana, arribo a la Terminal de Transporte de Manizales y busco la taquilla de Empresa Arauca. Abordo un móvil -buseta de diecinueve pasajeros- que tenía como destino Pereira, pero no realizaría el recorrido acostumbrado para salir hacia la capital risaraldense. Tomaría la carretera antigua, por el famoso sector de La Siria, recorrido de calzada sencilla y perfectamente evocador de lo que es el paisaje cafetero.
Transcurridos veinte minutos, me encuentro con la entrada de Cenicafé, sitio insignia de los cafeteros de nuestro país, señal inequívoca que Chinchiná se encuentra a pocos metros de ahí. Llegamos, desciendo del vehículo y me encuentro con una población algo desordenada, pegada a una carretera nacional muy importante -de ahí se sale hacia Pereira y a Medellín sin cruzar por Manizales- y lo primero que hago allá, es buscar desayuno en una panadería cercana.
Salgo, y recorro Chinchiná por la parte más cercana a la carretera y paso al otro lado de ella para conocer algo de sus barriadas. No me impresioné demasiado, pero encontré un vendedor ambulante bastante simpático ofreciendo en tono cantado una bebida de la que poco o nada sabía. Le pregunté qué es y me dijo "es trabuco". El trabuco -no confundir con el arma- es una bebida a base de leche y huevos, similar a un ponche, popular en el norte del Valle y algunos poblados del Eje Cafetero. Me animé a tomar un vaso y el vendedor me contó que a esa bebida se le suele agregar licor, a lo cual me asusté y le pregunté que si a esta hora le echaba trago, pero supo aclararme que a esta hora su trabuco no contiene ningún licor; igual le sentí algo de sabor a vainilla y de cierto modo, me gustó.
Regreso a la carretera y mi objetivo ahora es adentrarme hacia el centro de Chinchiná. Aparte del desorden que vi de entrada, el paisaje urbano cambiaba un poco, hacia una ciudad ordenada, tranquila, propia del auge cafetero. Me encuentro con un parque central inmenso y con una basílica igual de imponente. Ambos sitios los recorro con calma. Luego, me dirijo hacia la Plaza de Mercado, donde me encuentro otro paisaje propio del Eje Cafetero, las aceras llenas de jeeps parqueados esperando turno para viajar hasta las montañosas veredas de Chinchiná.
Sigo recorriendo el poblado y me encuentro, de repente, con la salida hacia Manizales, donde divisé un microbús proveniente de La Mesa, con muchos paisanos a bordo, intenté saludarlos, pero no me notaron. Prosigo y me encuentro en el paradero de buses, mi punto de partida, donde conozco los sitios donde podría, si lo deseaba, partir hacia Medellín, hacia Pereira, hacia Cali y así. Sobre el mediodía, decido regresar, regreso en otro móvil de Empresa Arauca, pero me encuentro con otro triste lunar en el viaje. Un indigente, me pide monedas por la ventanilla de la buseta, al instante la cierro, ya que detesto dar limosnas y por algo así me robaron un reloj hace muchos años; de inmediato, el tipo se hizo el golpeado y me insultó, a lo que no le hice caso, de nada sirve ganarse las cosas con esfuerzo como para que unos cuantos parásitos intenten "vivir de la caridad ajena". Con esa imagen dejé Chinchiná y pensé por qué gente así afea los sitios donde los turistas deben tomar su transporte para regresar a casa.
Quizá me haya insolado en el recorrido, pero fue cierto que me dormí y a cierta hora, ya estaba de vuelta en Manizales. Decido regresar al hotel, para descansar otro rato y pensar en el siguiente itinerario.
===========
El año pasado había dejado pendiente pasar por Villamaría, así que en esta ocasión podía ir y como suelo decidir rápido para resolver lo que se deja pendiente, pues pasadas las dos ya estaba de nuevo en el Terminal de Manizales. No para tomar otro bus, por supuesto. El Cable Aéreo sería mi medio de transporte y esta vez, no subiría hasta Manizales, bajaría hasta el otro extremo de la línea. Allá queda Villamaría. La línea del cable me dejaría en la estación, a una calle de su parque principal.
Bien, el plan era igual de sencillo que en Chinchiná, recorrer y conocer. Paso por paso, conozco su parque, su templo, tomo fotos, una que otra escena, hasta que me adentro un poco hacia sus barriadas. En el camino, me encuentro con un local donde ofrecen los famosos chorizos de Villamaría, y como ya tuve una experiencia deliciosa degustando los chorizos santarrosanos -los de Santa Rosa de Cabal, llevé un paquete cuando viajé a Pereira y ya fueron historia- pregunté si tenían y por supuesto, me llevé dos paquetes para el regreso. En el mismo local observé fotografías de famosos que degustaron ese manjar, incluyendo a un divertido y polémico ex-presidente.
Llegando a las barriadas, observo una o dos chicas muy lindas, pero no me detengo, continúo mi camino, pero no puedo dejar pasar por alto un comentario muy anecdótico que me contó un morador de Villamaría respecto a la belleza, creo que dijo "huy, aquí usted ve niñas muy lindas". No supe si reírme o avergonzarme. Lo cierto es que ya la tarde caía poco a poco y pasadas las cuatro decido regresar a Manizales, pero no por el cable, sino como muchos lo hacían antes, en bus.
Tomo el bus urbano de Expreso Sideral y como ustedes supondrán, deberá retar la agreste topografía de Manizales para subir hasta su parte céntrica. Rodeamos el Terminal y después de sortear algunas calles estrechas, decido quedarme en el Estadio Palogrande para ver qué había de nuevo y qué ofrecería el Once Caldas. No vi gran cosa, en ese momento estaban en registro de abonados. Como la tarde estaba muy agradable, decido caminar hasta el centro, y me encuentro con muchos sitios en el camino, la Universidad Nacional, el Cable, la Cruz Roja, los monumentos, entre otros, hasta llegar a Fundadores y haber disfrutado de un maravilloso atardecer.
Pasé la noche solo, pensando en todo, mientras recorría una a una las vitrinas del Centro Comercial Fundadores. Por supuesto, no llevé nada, apenas cené. Y conforme transcurrían las horas, decido regresar al hotel, para descansar y pensar en el regreso a casa.
Después de hacer realidad el sueño de ver al Atlético Nacional en el Atanasio Girardot, ganando largo, dejándome contento y con algo de resaca en la cabeza, decido viajar hacia Manizales desde Medellín en la mañana siguiente. Originalmente, tenía pensado llegar primero a Manizales y luego conocer Medellín, pero haciendo cálculos de tiempo y de logística, me salía mucho mejor llegar primero a la capital antioqueña por lo del partido y al otro día llegar a Manizales. Con lo sucedido, hubiese deseado madrugar, pero la cerveza se excedió en su misión de ser aliada de la fiesta y logró que no pudiese despertarme antes de las seis de la mañana.
Abandono el hotel, busco algo para desayunar e hidratarme y al no poder concretar a tiempo algo que me facilitaría un poco la vida en Manizales -tener ropa limpia, al lavarla en un servicio ídem-, me dirijo de nuevo hacia la Estación Estadio del Metro para buscar la Estación El Poblado, donde caminando unas pocas cuadras hacia el occidente –bastante largas y que me causaron algo de miedo al ver unas escenas poco edificadoras, las mismas que había visto camino al Atanasio el día anterior- encuentro el Terminal del Sur, donde son despachados todos los vehículos que viajan al Eje Cafetero, a Cali y al Suroeste Antioqueño, cercano además al Aeropuerto Olaya Herrera. Al llegar allá, ya tenía identificado, por sugerencias, que viajaría en Empresa Arauca. Como en el viaje a El Retiro, justo a tiempo llegué para salir a las diez y media de la mañana. El móvil 7057, un Mercedes Benz Sprinter 515 sería el vehículo que me transportaría hasta Manizales.
Es una pena tener que narrar esto, pero en el despacho, se presentaron varios lunares. Un señor de cierta edad, sin uniforme ni carnetización alguna, se ofreció de una forma poco amable a guardar mi equipaje en el vehículo, a lo cual le respondí que primero, se pedía el favor y segundo, que solo le entregaría el equipaje al conductor. A los tres minutos, la chequeadora, bastante tosca, me pidió el tiquete con un “es tan amable”, galicismo perverso y mal aplicado por muchas personas en estas latitudes, a lo cual también respondí que yo también debo atender personal -para ese entonces- y por ningún motivo les digo “es tan amable”, les digo “por favor”; a lo cual el otro señor me dijo que no pareciera que trabajara atendiendo personal, lo que perfectamente podía ser respondido con un insulto. Esa actitud pedante me enferma y abordé el vehículo bastante molesto.
Me quedé callado durante la primera parte del trayecto, la salida del Área Metropolitana del Valle de Aburrá por la Autopista Sur hasta llegar a La Estrella. Habíamos salido del Terminal con unos doce o catorce pasajeros, en ese municipio recogió dos o tres pasajeros más, tiqueteados debidamente por el personal encargado de Empresa Arauca. Continuamos y ya notamos los tramos de montaña, buscamos el municipio de Caldas y el siempre temido ascenso al Alto de Minas, donde el vehículo, salvo algunas imprudencias del conductor, se comportó a la altura de lo que esperaba ver.
Descendemos el Alto de Minas sin problema alguno y conozco algunos poblados que están en el filo de la cordillera, Versalles y Santa Bárbara, siguiendo con la constante de las curvas pronunciadas en el recorrido. El descenso se tornó más fuerte al abandonar Santa Bárbara, ya era notorio que nos encontrábamos en el caluroso Valle del Río Cauca y que buscaríamos el poblado de La Pintada, y el trayecto me recordó al peligroso descenso que hay entre San Juan de Rioseco y Cambao en este departamento, una vía alterna para ir a Manizales y al mismo Medellín desde Bogotá. Noté incluso, que la carretera estaba en reparcheo y en varios momentos, debimos detenernos por los mismos trabajos.
Llegamos a La Pintada sobre las doce y el conductor decide detenerse por unos minutos para almorzar. Yo decidí buscar algo para merendar, y me sorprendió la pésima atención de algunos comerciantes de ese poblado, por fortuna encontré un lugar donde pude comprar algo a los mismos precios que suelo pagar por lo que normalmente consumo. Sobre las doce y media, retomamos el recorrido bordeando el Río Cauca hasta llegar al ramal que lleva a Supía y a Riosucio, conociendo también, los ramales hacia Aguadas, hacia Marmato y el famoso sector de La Felisa, repleto de paradores.
Ya faltaba poco para llegar a Manizales, pero faltaba un buen tramo caluroso y el aire acondicionado, encendido apenas se descendió el Alto de Minas, funcionaba a la perfección y cumplía con el fin de evitar que nos sofocáramos en el recorrido. Brevemente, aunque no lo crean, tocamos territorio de Risaralda, pues cruzamos por el poblado de Irra, jurisdicción del Municipio de Quinchía, bastante marginal por lo que observé; si no me equivoco, allá se dedican a la minería. Me causó curiosidad que allí recogiese la última pasajera que le faltaba para completar el cupo del vehículo.
Volvemos a Caldas y aunque parece no notarse, vuelve el ascenso y el café ya puede divisarse en el paisaje. Continuamos y diviso con mucha fortuna otro móvil colega de Empresa Arauca, pero del servicio Súper Estelar, un Chevrolet (Isuzu) LV452 con destino Cali. La presteza del Sprinter nos permite superarlo en una recta donde se podía hacer tal maniobra cerca al ramal de Tres Puertas, que lleva a los municipios de Risaralda y San José. En un parador ubicado unos kilómetros más adelante, encuentro otro móvil de Empresa Arauca y uno de Expreso Bolivariano, en su correspondiente parada técnica para que tanto sus tripulaciones como sus pasajeros puedan degustar algún alimento.
Llegamos al ramal de La Manuela, el cual permite ir hacia Pereira sin ingresar a la capital caldense, la cual era nuestro destino final, encontramos el último peaje del recorrido y recorremos el último tramo en una excelente doble calzada desafiando a las montañas cafeteras que ya hacen parte íntegra del entorno. Sobre las dos y veinte de la tarde, hacemos ingreso al Terminal de Transporte de Manizales y finalizamos el recorrido; el conductor entrega amablemente mi equipaje con la ficha en la mano y procedo a descansar un poco del cansancio acumulado de todo lo sucedido en esos dos últimos días.
Allá, horas después, me encuentro a Diana, mi amiga de esas latitudes, a quien tuve la oportunidad de conocer en el 2015 en otro viaje increíble a Manizales. La noche allá fue muy fresca y divertida, aunque el encuentro fue muy corto. Prometimos encontrarnos nuevamente allá, cuando pudiese volver. Lo cierto, es que el Cable Aéreo se volvió un amigo fiel desde ese primer viaje y por las facilidades de acceso, no hubo mayor objeción para abordarlo.
El ansiado día había llegado. Un poco más tarde, respecto al día anterior, me desperté, y decidí desayunar en el restaurante del Éxito de la Avenida Colombia. Mantengo la táctica de aguantar un tiempo prudencial en el hotel, y antes de las diez, ya estaba en el Atanasio Girardot buscando mi boleta. Pero, hubo una sorpresa que no me esperaba, que no me agradó al principio, pero pasadas las horas terminó por agradarme mucho: Se habían agotado las boletas de Occidental Alta.
Discuto un poco con el encargado, pues el día anterior, como lo conté, estaban presentes unos vagos bastante rémoras que no me inspiraban confianza, pero ambos comprendimos la situación y él me dice que la localidad que me ofrecería, un poco más barata, sería mejor. Yo asentí con dudas, y como no había más opción, terminé por comprar mi boleta en Occidental Baja. Unos pesos me ahorraría, aspecto fundamental para lo que faltaba del viaje.
De inmediato, decidí emprender camino hasta la Estación Universidad, con el fin de conocer Parque Explora y la Universidad de Antioquia. Desistí de realizar el recorrido por Parque Explora por lo largo, y como tengo experiencias con Maloka, fácilimente superables por lo que ofrece el parque, el tiempo y los costos no me alcanzarían, así que me dirigí hasta el claustro máximo de los antioqueños. Adentro, decido conocer el Museo, el cual me pareció sumamente atractivo en cuanto a su exposición permanente -sugiero mucho que lo recorran-, donde conocí mucho del arte antioqueño a lo largo de su historia y de su propia fauna.
Salgo de ahí y me dirijo hasta el centro, con el fin de encontrarme con una persona proveniente de la misma latitud que la mía, pero que por cosas del destino la llevaron a Medellín. Con algo de miedo, recorro las cercanías del Parque de Berrío, diviso algunas "gordas" del maestro Fernando Botero y sobre el Hotel Nutibara nos encontramos para almorzar con el tiempo justo, ya que tenía mucho trabajo. Conversamos de muchas cosas en ese escaso tiempo, nos despedimos y yo ya debía organizarme para lo que sería la tarde y la noche.
===========
Con la boleta en la mano, la ansiedad era mayor conforme pasaban las horas. Decidí que a las cinco ya debía estar, por lo menos, ingresando al estadio. Antes de las cuatro, decidí ir por una merienda y por algo más para beber -sin alcohol, por supuesto- para ingresarlo al estadio y calmar la sed en caso de necesidad. En algún momento sentí que se me hacía tarde. Pero no fue así. Al arreglarme y salir del hotel, observé, en no menos de dos ocasiones, a algunos con seria intención de seguir el partido fumando marihuana a la vista de todos sobre la Carrera 70. Yo avancé raudo por las vías que conducen al Atanasio, con mi bolso y mis pertenencias, pero no sin antes averiguar por las medidas de seguridad que se tomaron para esa ocasión.
Algunos minutos antes me había informado un superior de la Policía que no habría problema para ingresar mi bolso, que no es muy grande y era perfecto para cargar las cámaras y el Lumia. Pero, el problema surgió a la hora de superar el primer anillo de seguridad, que estaba cerca a la estación del Metro. No pude ingresar con el bolso. Hablé con la persona encargada y me dijo, con toda la vergüenza del mundo -sí que la tenía, estaba hablando con un turista que viajó casi trece horas para llegar hasta ahí-, que no podía entrar con el bolso.
En una situación como esa radica la importancia de conseguir alojamiento cerca del sitio donde se realiza un evento. Ni modo, debí volver al hotel, desocupar el bolso, cargar las cámaras en los bolsillos, sacar la cartuchera del Lumia y cargarlo ahí, y evitar en lo posible descuidarse. Me sentí incómodo, pero, ¿qué se podía hacer? Era una final y desafortunadamente, los malos elementos que pululan estos espectáculos, aquellos que en vez de disfrutarlos se envician y generan tragedias, hacen que las autoridades se pongan demasiado exigentes con el tema. Llegué, me presenté en el mismo sitio donde me rechazaron el ingreso, y pasé. Superé el segundo anillo, el que estaba en la Plaza de Banderas sin problema y decidí recorrer los alrededores del estadio antes de ingresar; todo estaba atiborrado de hinchas de Nacional, inclusive la famosa tribuna sur, la cual me generó algo de impresión por la cantidad de hinchas y por lo que alcancé a oler...
Llego de nuevo a Occidental y tenía los nervios en las nubes. Era mi primera vez en la cual ingresaba al Atanasio Girardot para ver al equipo de mis amores, el que sigo desde que era niño. Me encuentro con el superior que me había informado sobre lo del bolso y estaba con otros superiores, converso con ellos, y les comento lo sucedido, pero aclaro que si así son las cosas, pues, ni modo, había que hacerlas así. Espero que ingresen algunas personas, respiro, hago la fila... Y entro a ese escenario mágico llamado Estadio Atanasio Girardot.
Quedo sumamente impresionado por la vista que tuve al entrar allá, esa inmensa cancha, la silletería, todo. Cumplía un sueño, aunque faltaba la otra parte, ver al Atlético Nacional en vivo. En este día, disputaría el segundo partido de un invento reciente de la Dimayor denominado Superliga, el cual enfrentaba a los dos campeones de liga del año inmediatamente anterior; el otro rival en contienda era el Deportivo Cali. El primer partido, en el Estadio de Palmaseca, había terminado con victoria para Nacional por dos goles a cero, anotados por el resistido Jonathan Copete.
Solo en ese inmenso escenario estaba. No conocía a nadie de los que estaban allá. No encontré un lugar sobre la mitad de cancha, lo encontré un poco escorado hacia la portería sur. Afortunadamente, una familia apareció y se sentó cerca a mi silla, poco a poco empezamos a conversar, en especial con el padre. Me preguntaron cómo llegué y de dónde venía. Les conté muchas cosas sobre mi casa y el cómo Anapoima se convirtió en un fortín verdolaga en Cundinamarca.
A las siete de la noche, todo inició. El himno antioqueño cantado hasta retumbar, Nacional con ventaja y el Cali intentando buscar un gol que los acercara en esa serie. Pero, muy temprano, cuando empezaba a disfrutar del sueño, Macnelly Torres anotó el primer gol del partido, por supuesto, para Nacional, a puerta vacía. Todos celebramos a rabiar y el Cali se hundió más. De ahí, Nacional se dedicó a manejar el partido y a desesperar a un visitante que no tuvo cómo romper la defensiva local. Así terminó la primera parte. La familia que estaba a mi lado, viendo que estaba feliz por el partido, me convidó a comer palitos de queso, ¡estaban deliciosos los muy condenados!
Inició el segundo tiempo y la hinchada de Nacional, siempre fiel pase lo que pase con el equipo, tenía preparada una linda sorpresa para cuando regresara el equipo a la cancha. ¡Una de las dedicatorias más bellas que le hace una hinchada a su equipo! ¡Qué alegría me dejaba el haber venido hasta aquí! A los siete minutos de ese periodo, Sebastián Pérez punteó un centro al espacio para vencer a Ernesto Hernández y subir el marcador a dos goles.
En cierto momento del partido, el queridísimo Fernando "Pecoso" Castro se alborotó lo suficiente contra los árbitros, y la hinchada, especialmente la popular, se dio cuenta de todo lo que pasaba en el área técnica y le dedicó con cariño (?) estos dos estribillos:
Pues sí, se le cargó con todo al pobre Pecoso unas declaraciones que hizo algunos meses antes sobre Atlético Nacional. De ahí, el ambiente se calmó, Nacional siguió manejando el partido sabiamente, arrodillando a un Cali que hasta su propia impotencia agotó. En el minuto 88, Luis Carlos Ruiz metió un zapatazo de media distancia que hizo inútil la estirada de Hernández y redondeó ese precioso 3-0 que le dio a Nacional su segunda Superliga y un cupo a la Copa Sudamericana.
Yo disfruté capturando todas las imágenes que pude, enfocándome en lo que podía, jugadores, jugadas, táctica, hinchada, la sorpresa, en fin. Salí tan contento del Atanasio que dije que podría morir tranquilo. Cumplí mi sueño. Ahora, el plan era salir directo al hotel, pero un encuentro casual con otras personas que conocía por Internet me llevaron camino a Obelisco, camino que no fue sencillo dado el número tan grande de hinchas verdolagas que salían del estadio a sus casas, o a celebrar en los negocios cercanos. Por poco no los encuentro, y aparte de conversar sobre mí, sobre mi casa, sobre el por qué llegue hasta aquí y sobre lo que es Nacional para mis paisanos, me tomé dos Pilsen tamaño grande -¿de medio litro eran?- que aparte de lo contento que estaba, me dejaron bastante entonado y como se imaginarán, hice el suficiente esfuerzo neurológico para llegar al hotel y descansar.
Sí, valió la pena haber cambiado ese deseo original. Cumplí el anhelo de muchos paisanos y de muchos hinchas que como yo, no vivimos en Medellín y seguimos, por los medios al equipo que hizo historia en el mundo y ganó adeptos a través de una filosofía que muchos años después, ha dado sus frutos. A mí me han criticado el ser hincha de ese equipo, pero no mi familia, mi familia simpatiza con Nacional. Mi familia quiso, en el fondo, y a pesar de todo, que viviera una experiencia así; algún día los llevaré al Atanasio o a Bogotá si las condiciones lo permiten. En fin, el sueño de muchos años se cumplió y el regalo que tanto deseaba fue recibido con mucha alegría.