domingo, 31 de agosto de 2014

Adiós, Agosto.

Otro mes caluroso se va.

Ya hay noticias del DANE.  El 7 de Agosto me despertaron para preguntarme si quería seguir en el proceso del Censo, la semana que finaliza llamaron para solicitar la documentación.

Continué con mis sesiones de oftalmología y tengo pendiente un procedimiento que no es cubierto por mi plan de salud.  Falta un documento para ir a la Gobernación y agotar la última instancia.  Terminé mis terapias físicas y mi brazo, aunque convaleciente, funciona mejor.  No puedo tomar un solo trago hasta dentro de veinte días, gracias al tratamiento médico en el cual me encuentro ahora.

Tuve un muy buen puente festivo, aunque de mucha lucha.  El 10 de Agosto lo celebré bien, sin excederme.  Me alegra mucho esa fecha, es el aniversario de mi patria chica.  Quería despedirme de alguien en esa fecha y cerrar un asunto pendiente, pero no se pudo, habrá que esperar y apelar a las virtudes del santo Job.

Viajé muy seguido hacia Bogotá, todo por las diligencias y por evitar tanto calor.  El frío hace bien, pero en esta última semana me pasó factura, sin consecuencias incapacitantes.  De todas formas, visité a Don Norman, es necesario, lo merece, no pasa por una buena situación.

Mi bolsillo no ha estado vacío, pero necesito concretar algunos intercambios, mi casa necesita espacio y yo debo salir de varias cosas.  La meta material que deseo para este año está cada vez más cerca.

Llega Septiembre, mes comercial y sentimental por excelencia, siempre con pronóstico reservado.  ¿Qué sorpresas me traerá?

lunes, 25 de agosto de 2014

"Dolce Vita"

Fabio Roscoli, mejor conocido como Ryan Paris, es un músico italiano nacido en Roma, el 12 de Marzo de 1953.  Es conocido por interpretar la canción que compartiré ahora, la cual tiene una historia particular.

Paris estaba preparando canciones nuevas con el fin de participar en el Festival del Rock Italiano, pero su tecladista tuvo que enrolarse al ejército.  Al buscar un reemplazo, conoció a Pierluigi Giombini -el mismo compositor de "I like Chopin" de Gazebo-, quien le entregó una serie de canciones interpretadas en italiano.  Paris le contestó que solo cantaría en inglés, así que le facilitó otras dos canciones interpretadas en inglés para que se inspirara.  Inmediatamente, Paris escribió una canción durante una noche, la cual le entregó a Giombini tres días después, la cual le agradó bastante, la compuso, y le advirtió a Paris que "no sería una canción de rock".


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"We're walking like in the dolce vita,
this time we got it right.
We're living like in the dolce vita,
mmm, gonna dream tonight.
We're dancing like in the dolce vita,
with lights and music on.
Our love is made in the dolce vita,
nobody else than you."

"It's our last night,
together with our love again.
Another light,
before we'll drown in darkness,
say you'll never leave me now!
Say you're gonna love me now!"

"We made it down in the dolce vita,
wipe all your fears away.
We lived it like in the dolce vita,
a game of yesterday.
I'm so alone in the dolce vita,
oh, baby, telephone!
This magic's gone in the dolce vita,
nobody else than you."

"It's our last night,
together with our love again.
Another light,
before we'll drown in darkness,
say you'll never leave me now!
Say you're gonna love me!"

"It's our last night,
together with our love again.
Another light,
before we'll drown in darkness,
say you'll never leave me now!
Say you're gonna love me now!"

"We're living like in the dolce vita,
mmm, gonna dream tonight.
We're dancing like in the dolce vita,
nobody else than you."

"It's our last night,
together with our love again.
Another light,
before we'll drown in darkness,
say you'll never leave me now!
Say you're gonna love me!"

♫

domingo, 24 de agosto de 2014

Milagro en La Mesa (Final)

En ese undécimo, la decepción también fue una constante, pero se convirtió en un silencio neutral cuando su carta sacó un puntaje entre diez y doce unidades menos que el mío.  Ya todo fue gloria.  Mis amigos del salón, supieron sacarle punta al asunto y si mal no recuerdo, algunos compañeros del otro salón me felicitaron.  Incluso algunos profesores se manifestaron positivamente frente a la noticia.  Recuerdo que el Maestro Pedro, en un día de ensayo, hizo una exaltación sobre ese logro y citó textualmente que se podía lograr grandes cosas cumpliendo con los deberes.

¿Me orientaron?  Quizá sí, pero no precisamente en una dirección clara.  Aún no tenía definido un camino y sabía, que mi familia no podía ayudarme al ingresar a algunas universidades.  Si lo hacía, arriesgaba el futuro tanto de Marcela como el de Óscar.  Pero surgió una oportunidad que para ese tiempo, era impensada y demasiado ideal como para tenerla a la mano, de la cual dejé pistas en algún texto anterior y que cuando llegue su hora, la sabré contar.

La sorpresa llegó también, cuando uno de los estudiantes más descuidados -por no decir vago- de la historia de mi colegio, logró un increíble puntaje, cercano a los trescientos.  Era un compañero con el que siempre tenía encontrones, me refiero a Carlos Torres.  Todo mi salón quedó sorprendido.  Los peores puntajes de mi colegio también se quedaron en mi salón, una pena.  Quería que todos quedaran arriba de 250.  Me sorprendí con los puntajes de las gemelas, el de Angélica, el de otros compañeros que sabía que lograrían más.  Como había dicho, Marcela logró un 263 y la dejaba con opciones de ir a cualquier parte.

Ese 327, me hizo merecedor a una Distinción Andrés Bello, queridos amigos.  Fui uno de sus últimos receptores, ya que el ICFES eliminó la distinción para los municipios, solo se entrega para los mejores puntajes a nivel nacional y departamental.  Aún conservo el cuadernillo que contiene la resolución que entregaba esas distinciones y el diploma.

En Noviembre, cuando me gradué, me entregaron un galardón por parte del colegio como reconocimiento a ese logro; creo yo, que también ese puntaje me ayudó a que me eligieran como mejor bachiller de mi promoción, pero eso ya es otra historia.  Lo cierto fue que esa distinción me salvó la vida varias veces estando en la Piloto y que el estímulo que me entregaba el ICETEX por ser portador no pudo ser usado; creía que se había perdido, pero en este año resurgió la posibilidad de usarlo.

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Quince años después, pienso en esto que he narrado, uno de los pocos momentos dulces que he tenido a lo largo de mi vida.  Pensé en las oportunidades que dejé pasar y en las que llegaron.  Pensé en lo que pudo haber sido mi futuro, el hoy que debería estar viviendo.  Pensé en lo que quería Don Gonzalo de mí.  Pensé en la alegría de mi familia en ese momento.  Pensé en mis compañeros.  Pensé en mis profesores.  Pensé en Marcela y en Óscar, de mí dependía su futuro.

Allá en La Mesa, se inició el final de una era, pero no era el final de la juventud.  Aún estaba mutando de niño al adolescente, tenía quince años y unos cuatro meses.  El camino estaba listo, solo había que recorrerlo bien.  Pero, bueno..., aquí estoy.  Quizá piense en intentar recuperar algo de lo que se perdió, una empresa difícil de lograr.

Las personas que estaban conmigo en esa historia, han tomado rumbos diversos, tan diversos que ya desconozco cómo localizarlos, incluyendo a varios de mis profesores, que ya descansan de su trajín docente merecidamente.  ¿Se acordarán de esto?  Quizá no, sus ocupaciones y su propia vida enviarían esto a un rincón olvidado, quizá convertido en cenizas.  Algún día, si me veo con alguno de ellos, le recordaré esto, sin ningún temor.

¡Y qué bueno es recordar las cosas buenas que se lograron en la juventud!

sábado, 23 de agosto de 2014

Milagro en La Mesa (Parte II)

Llegamos al Colegio Departamental Francisco Julián Olaya, sitio donde se realizarían los exámenes.  Como a todos nos separaban por las electivas que habíamos escogido, todos los estudiantes anapoimunos estarían repartidos por varios salones de esa importante institución educativa.

Aquí hago un breve paréntesis, respecto a las electivas.  Recuerdo bien que había un número determinado de electivas, de las cuales, solo se podía escoger una en el momento de diligenciar la inscripción.  La lista comprendía temas como Inglés, Metalmecánica, Construcción, Contabilidad, Electricidad o Artes Plásticas.  Mis compañeros, eligieron electivas como Razonamiento Abstracto, Relaciones Espaciales o Razonamiento Mecánico.  En esa última, se fueron para el barranco varios compañeros; no lograron buenos puntajes.  Marcela eligió Razonamiento Abstracto y le fue bien.  Mientras tanto, yo elegí Democracia.

Por esa elección, me sucedió esto, fui el único, no solo de mi colegio, sino de todos los convocados a presentar exámenes de estado en La Mesa que eligió tal electiva.  ¿Hubo algo peor?  Sí, podría decirlo.  Me correspondía el último salón e ingresar siempre de últimas, tomando el último puesto que los supervisores dejaban en sus curiosas asignaciones de puestos; no recuerdo bien si hacían equis, serpientes verticales, no lo sé.  Siempre entraba de últimas.

Ese sábado, que correspondía a la doble jornada, tuve nervios.  Si no me equivoco, debía presentar los componentes de Ciencias Naturales por la mañana y la de Matemática por la tarde.  Salí con anticipación de ambas sesiones, almorcé, esperé a Marcela y regresamos a casa, pensando en lo que restaba del examen.

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El Domingo 22, se repite el madrugar, pero con la tranquilidad de regresar a mediodía, ya que solo restaban los componentes de Ciencias Sociales, de Lenguaje y la electiva.  La electiva fue una prueba exageradamente tranquila, aunque se plantearon preguntas muy complicadas.  Regresé a casa cansado, no recuerdo si junto a Marcela o junto a varios compañeros, tampoco estoy seguro si nos recogieron en La Mesa.

Era cuestión de semanas para que el ICFES publicara los resultados y los enviara al colegio.  Si no me equivoco, llegaron en Septiembre, durante un día en el que nos correspondía Educación Física.  La ansiedad se colmó en todos los rostros y cuerpos de ambos undécimos, incluyéndome.  Era la hora de la verdad.

Uno a uno, fueron entregando los resultados, un folio con tres secciones idénticas para ser utilizadas para anexarlas como requisito en los formularios de inscripción de cualquier universidad.  El mío, lo entregaron como a la mitad del listado, que no fue estrictamente el alfabético.  Había visto muchas caras de decepción por algunos puntajes, de los cuales yo esperaba que fueran mucho mejores.  Marcela recibió sus resultados unos pocos segundos después de mí.  Logró un 263.

Yo, estaba expectante.  Sabía que un compañero de mi salón podría lograr un mejor puntaje y tenía algún oído puesto en el otro undécimo, el salón vecino.  Logré un precioso 327 que fue muy celebrado por este servidor y sus compañeros.  Sí, estuvo lejos de la utopía arrogante del 380, pero fue un buen puntaje.

La respuesta del otro undécimo al conocer sus puntajes, fue la guinda de la torta...

(Continuará) 

viernes, 22 de agosto de 2014

Milagro en La Mesa (Parte I)

Agosto 21 y 22 de 1999.

Eran dos días claves.

Faltaban, a ojo de buen cubero, dos meses y medio para finalizar el bachillerato.  Todos miraban con ansiedad y algo de miedo lo que deberíamos presentar para soñar con una carrera de educación superior, el Examen de Estado para la Educación Superior, conocido coloquialmente como el "Examen del ICFES".

El municipio, en ese entonces en cabeza de Don Héctor García, decidió ayudarnos con los cursos de preparación para ese examen, donde pasamos varias tardes durante unas tres o cinco semanas en el colegio repasando lo que vimos durante casi seis años de estudio y preparando las electivas, las cuales fueron un dolor de cabeza para muchos de mis compañeros, de entrada, porque no sabían cuál tomar.

Mientras tanto, todos los estudiantes de undécimo del antiguo Departamental de Anapoima nos inscribíamos por el viejo sistema manual que estableció el ICFES para tal proceso.  Recuerdo que debíamos consignar una plata en la secretaría del colegio, cuando llegaron los paquetes con la documentación debíamos llenarla con lápiz negro Nº 2, no podíamos doblar nada y devolvíamos esos paquetes a la secretaría, pues Don Juanito -el entonces secretario del colegio, todo un personaje-, se encargaba del envío hacia el ICFES en Bogotá.

Así, pasó el tiempo que precedió a ese examen.  Las conjeturas sobre quién lograría el mejor puntaje del colegio no se hacían esperar.  Se decía que yo lo lograría, se decía que Carlos Salgado -un compañero que tuve en quinto de primaria y sexto grado, vivía en la misma vereda que yo, se cambió de grupo en séptimo- sería el afortunado, se decía que habría sorpresa, se decía que el mejor puntaje pasaría de 320 puntos, incluso superar los 350.  Yo, como aún era ignorante en muchas cosas, decía que podía llegar a un 380, una locura.  Soñaba con ingresar a una universidad muy prestigiosa en Bogotá, incluso a la mismísima Universidad de Los Andes.  Se podía, pese a que lo que decía, sonaba algo arrogante.

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Llegó la hora de viajar a La Mesa.  Hizo muy bien el ICFES en habilitar a la cabecera provincial para presentar el examen.  De lo contrario, había que viajar a Bogotá o a Girardot a presentarlo, quizá mis antecesores tuvieron que sufrir ese viaje.  Me sentí feliz, no quería ir a descansar en otra parte por ese asunto.

La noche anterior, mi mamá, preocupada tanto por Marcela como por mí, nos pidió que diéramos lo mejor de nosotros, nos hizo alistar todo temprano, e igualmente, nos hizo dormir más temprano de lo que acostumbramos hacerlo un viernes.  Muy a las cinco de la mañana del Sábado 21, nos despertamos, nos arreglamos y nos desayunamos, para encontrarnos con algunos compañeros que realizarían el mismo recorrido lleno de sueños y de temores para encontrar un futuro.

(Continuará)